CATEGORÍA A

1 PREMIO: La llave

Pablo Arbués Relancio ( IES Lucas Mallada)

Todo empezó el día que aquel anciano, con un paquete en la mano, vino frente al instituto. Llegó en coche, y allí se quedó. Sonó el  timbre de fin del recreo y ya no estaba. Y así, día tras día.

En clase todos hablábamos sobre aquel hombre y sobre lo que podría contener el paquete. Cada uno tenía una idea: algunos pensaban que contenía dinero, otros lo contrario, que en realidad llevaba piezas que intercambiar por dinero. Había muchas teorías, pero nadie sabía con certeza el contenido del misterioso paquete.

También nos llamaba la atención su vestimenta. Llevaba unos pantalones de campana y una camisa a cuadros, era poco más alto que un niño y llevaba una gran barba pelirroja trenzada, y vistosos adornos de oro.

Una tarde, regresando a casa, me lo encontré y me dijo que quería hablar conmigo. Acepté y me llevó hasta la que debía ser su casa. Allí me contó que era el Guardián.

  • ¿El guardián de qué? -pregunté.
  • De lo que hay en el paquete -dijo él.

Entonces lo abrió: dentro había una gran llave. Me dijo que era la Llave de los Cuatro Mundos. También me contó que se llamaba Traubon, que era un enano, y que provenía del clan Loderr. Los Guardianes, al acercarse su muerte, debían escoger a un humano, mago, elfo o enano para sustituirlo. Él moriría pronto y me había elegido a mí para ser su sustituto.

También me explicó cómo ir a los distintos mundos:

  • Sólo tienes que pensar en el mundo al que quieres trasladarte y la llave te conducirá hasta él.

Así fue cómo, gracias a la ayuda de Traubon y la sabiduría que me transmitió, me convertí en el Guardián de la Llave.

Ahora, a ti que lees esto, te toca sustituirme.

 

2 PREMIO: El visitante

Candela Mallén Cruz ( IES Sierra de Guara)

Como cada día a la hora de cerrar el sol, uno..dos…flexión… y allí estaba, mirando al techo con los ojos cerrados, inmóvil, quieto, sin volar y atrapado en los rieles de la ventana. Y yo tranquilamente haciendo mis flexiones diarias sin haberme percatado de que su largo nombre con las cinco vocales había venido a visitarme. No tengo tiempo para mortajas…tres..cuatro…flexión.

 

3 PREMIO: El niño y el lince

Dalio Orós Benad ( IES Sierra de Guara)

El niño apenas tenía seis años, vivía en una finca apartada de la civilización con su padre y su hermano mayor. Amaba la naturaleza por encima de todas las cosas.

Le habían contado muchas veces la historia de la existencia de un lince eterno en la sierra cercana. Día tras día soñaba con encontrarlo y poderse comunicar con él.

Una mañana se levantó y sintió que ese día había llegado; cogió las botas, una gorra, algo de comida y una cantimplora y salió de expedición…tras dos horas caminando en solitario, empezó a sentir una presencia y a escuchar el leve sonido de unas pisadas…se dio la vuelta y allí estaba, un lince dorado como el sol.

Se miraron fijamente, y supieron que se pertenecían mutuamente. El niño lo siguió hasta su guarida, una cueva cubierta de hojarasca. Una vez dentro descubrió que escritas en la roca estaban las letras de su nombre: Nicolás. Una señal más.

Anochecía y el niño tenía que regresar a su casa, estarían preocupados por su desaparición. Pero la conexión que sentía con el lince lo obligaba a quedarse con él, habían conseguido comunicarse con la mirada, sabían lo que querían, lo que sentían; eran almas gemelas y jamás se separarían. El niño quedó dormido protegido por el

lince.

Los gritos lo despertaron, lo estaban buscando, y lo habían encontrado, pero no había ni rastro del lince. El niño entristeció, pero regresó a casa con su familia. Pensó que nada había sido real.

Sin embargo, a partir de ese día, el lince apareció todas las noches en la arboleda de la finca, el niño salía y dormía a su lado, desde ese día no se separaron jamás y el lince veló por el niño eternamente.

 

 

CATEGORÍA B

1 PREMIO: Peones

Eduardo Ara Aguarón ( Salesianos Huesca)

El soldado observó a esas dos figuras que estaban en el campo de batalla. Entre ellas había un innegable contraste, pero al mismo tiempo parecían similares en todo. La primera irradiaba una luz dorada, en su espalda había unas alas de ángel. Iba vestida con una túnica blanca y una máscara veneciana del mismo color  que tan solo dejaba visible una parte de su rostro que, sin embargo, resaltaba por su increíble belleza. La otra, en cambio, emitía una siniestra oscuridad que hacía más difícil distinguirla. Una larga capa negra la cubría completamente haciendo imposible ver sus rasgos. La vida y la muerte se encontraban tranquilamente sentadas, disputando una partida de ajedrez como dos viejas amigas, ignorando todo a su alrededor. 

 

El soldado se acercó a la mesa donde estaba el tablero, fijándose en las peculiaridades de aquel juego. Todas las piezas eran peones, y todas eran del mismo color blanco. Las reglas básicas del ajedrez eran inútiles con aquellas piezas. 

 

El soldado no tardó en darse cuenta de cómo funcionaba esa extraña variante. Cuando era el turno de la vida, está movía todos los peones una posición. Al acabar su jugada siempre había varios peones que pudieran ser comidos por otros. Luego le tocaba a la muerte. Tras observar con atención todas sus opciones, escogía unos cuantos de los peones amenazados y hacía el movimiento final. Después cogía la figura que había comido y la frotaba, cambiando su color al negro, y la guardaba bajo su capa. En el momento exacto en que la muerte cogía una de las piezas, el soldado sintió como si una cuerda que le ataba se cortaba. Habían matado a su peón. Tranquilamente, el soldado se sentó junto a la muerte, esperando pacientemente que acabara la partida para irse con ella.

 

2 PREMIO: Eternos desconocidos

Claudia Lacruz Roqueta ( IES Pirámide Almudévar)

Salíamos del hospital, yo le agarraba de la mano y él caminaba cabizbajo.

Al llegar a casa su expresión cambiaba. Abrazaba y levantaba a mi hermana por los aires como si no estuviera devastado, como si todo estuviese bien.

Siempre se encerraba en su habitación y bolígrafo en mano escribía y escribía. Yo pensaba que publicaría un libro. Tal vez de aventuras, o de relatos, o incluso autobiográfico.

Bendita candidez.

Después volvía al hospital, dormía allí y por la mañana venía a casa para llevarnos al colegio.

Pero aquel día, una hoja se le escapó y con ella mi inocencia.

No escribía ningún libro de aventuras, ni de relatos. Eran cartas, cartas que no mandaba y encuadernaba tras redactarlas.

Esta decía así:

A mi olmo seco, para que me recuerdes siempre.

Nos conocimos a las orillas del Mediterráneo,

Tú me sonreías desde lejos,

Y yo entendía entonces  por qué Nino Bravo hacía tiempo que vivía por ti, aún solo sabiendo tu nombre.

A mi amor eterno, ojalá me guardes.

Eres luz en la penumbra y agua en la sequía.

Me cantabas al oído, y yo sabía entonces por qué Dominguín te dedicó su última verónica.

Por todo aquello que me diste y que te di, lo mejor de mi vida lo hago solo para ti.

Solo para ti, directo al corazón.

 

Me sequé las lágrimas, doblé la carta, y la metí otra vez en su cuaderno sin que él se diera cuenta.

Ahí supe por qué siempre que iba a ver a la abuela, llevaba esa libretita vieja.

Ahí supe, por qué pasaba días encerrado con ella intentando que recordase, y que nunca olvidase su historia.

Ahí supe que él y la abuela se querrían siempre, incluso siendo desconocidos.

 

3 PREMIO: Debajo de la alfombra

Jorge Laguarta Molina ( IES Pirámide Almudévar)

Son las 10 de la mañana, una gélida niebla cubre el cielo que se encontraba sobre Norwich. Como de costumbre este último mes, sigo intentando terminar mi novela, pero esta vez debo apresurarme, la editorial me exige un adelanto para este sábado, y apenas he empezado. Me recuesto sobre el respaldo de mi silla, que destaca entre los demás objetos decorativos de mi habitación: la lámpara, el cuadro de Andy Warhol, el sofá, la alfombra, … ¡Ay, esa tétrica alfombra! Esa alfombra que lleva decorando esta casa desde hace 60 años, pasando de generación en generación, de mi abuelo pasó a mi padre y, tras su misterioso asesinato, me correspondió a mí.

Cada noche, arropado con mi manta de terciopelo y mi gato recostado sobre el lecho de la cama, sueño con esa alfombra. Mi padre siempre me decía que nunca, bajo ninguna circunstancia, escondiese los restos escobados bajo ella. Normalmente estos recuerdos me brindan inspiración para mis novelas, pero esta vez no es el caso. Frustrado, decido tumbarme en la cama, y en ese mismo instante, empiezo a escuchar una respiración, cada vez más y más fuerte, como si se tratase de alguien que se esconde de un asesino. Pero estas comparaciones no son más que imaginaciones mías. Aun así, creo que hay algo debajo de mi cama. Sigilosamente, agarro la pluma con la que escribo mi novela, me acerco cautelosamente hacia mi cama, me agacho y lanzo una certera estocada hacia el pecho de mi enemigo. Maldita sea, juraría haberlo rematado antes. No importa, los restos de este se van con los de los demás, debajo de la alfombra.

 

CATEGORÍA C

1 PREMIO: No estoy sola

Helena Villoria Carmona ( IES Sierra de Guara)

Normalmente no tengo miedo a estar sola, veo la tele y leo un libro antes de acostarme. Mis padres se han tenido que ir fuera de la ciudad este fin de semana.  Tengo la nevera llena, los cacharros están limpios y la ropa lavada.

El calor se deja notar este mes de junio, he abierto la ventana de la cocina, y tengo preparada mi cena juvenil, ¡hamburguesa con patatas fritas y refresco de cola! Me espera una buena noche.

El salón está al fondo de la casa, me pongo una película y empiezo a cenar.

Creo oír un ruido en la cocina, con mucho cuidado me acerco, reviso la casa, es un cuarto piso, nadie puede entrar por la ventana, cierro la puerta de la calle con dos vueltas y el cerrojo.

Puede haber sido un ruido del piso de arriba, que tonta soy, no puede haber nadie más en casa.

Es tarde, me voy a la cama, pero no puedo dormir estoy desvelada. Me dormí tarde, a las cuatro de la mañana.

Al despertar, me siento en el borde de la cama, doy un largo bostezo y me estiro para despertarme del todo. Sin darme cuenta me rasco la pierna por encima de la rodilla, donde empiezo a notar un agradable cosquilleo, poco más tarde noto calor en esa zona, no puedo evitar rascarme otra vez.

Siento que unos ojos me miran, lentamente me doy la vuelta… mi pez Beta espera su comida.

Me levanto, le doy de comer, voy al baño y después a la cocina, me siento a desayunar y al poco rato el picor en la pierna es insoportable, miro y veo una gran roncha rojiza, instintivamente miro la ventana abierta de la cocina.

Mis temores se confirman. ¡Maldito Mosquito!