MISTERIO METAFÍSICO

Me estaba agobiando entre la cantidad de apuntes sobre la metafísica de Descartes.
Levanté la vista; allí estabas tú, inmerso en tu estudio con los auriculares puestos para que nada te pudiese molestar. “Como si hubiese mucho ruido en una biblioteca” pensé yo. Pese a tu concentración, estabas mordisqueando el bolígrafo de forma ansiosa y con la mano derecha jugabas a desrizar y volverte a rizar uno de tus cabellos castaños.
No se trataba de un juego de miradas lo que sucedió aquel día: se trataba de observar tu mundo en el que tú solo existías para ti mismo. Tras media hora, escuché el ruido de una silla deslizándose y alcé la cabeza con un gesto de molestia. Sin embargo, no chisté a la persona que me había desconcentrado porque eras tú.
No sé si fue porque estaba hasta la coronilla de Descartes o porque desprendías un aura especial, fuera lo que fuese decidí que lo más productivo que hacer sería seguirte. Me oculté tras unas estanterías de narrativa contemporánea y vislumbré el mayor misterio que jamás haya visto: alcanzaste un libro de una estantería elevada con decisión y al abrirlo desapareciste.
“¿Tantas horas de estudio me habrían hecho enloquecer?” Con precaución me acerqué hasta el libro que por lo visto había hecho evaporizarte. En el lomo leí Meditaciones metafísicas – René Descartes. Me quedé sin saber que pensar cuando al abrirlo se cayó un pequeño rizo. Desde aquella tarde quise ahondar más en dicho filósofo para conocerte mejor. Después de mucha investigación, llegué a la conclusión de que tú no eras Descartes obviamente, pero sí un filósofo que intentaba escuchar su interior en un mundo de ruidos; un sabio que gritaba a través de los libros en una silenciosa biblioteca.
Ese es el misterio: escuchar sin oír.

Luis Tagüeña Segovia

2º BACH, IES Ramón y Cajal