María

whiskyCuando tenía seis años, movido por la curiosidad, pregunté a mi madre por qué empezábamos a contar los años después de Cristo. “Porque marcó un cambio” me dijo. Se frotaba las manos intentando ocultar su escepticismo; mujer beata en teoría, con la mente llena de dudas.

No la entendí hasta que llegó María. No arrasó mi vida como las novelas me venían advirtiendo que haría, no tuvo esa piedad. Se fue adueñando de cada uno de los aspectos de mi vida, tan poco a poco que, para cuando quise darme cuenta, María estaba en el café que bebía y en las pastillas de alcanfor dentro de los zapatos; María estaba en los anuncios del periódico y en los restos de espuma de afeitar debajo de la nariz.

Y hoy, 30 de abril de 2004 para los mortales, nochebuena en el año cuarto después de María, me río de la ironía de la fecha y calmo con el ardor del whisky la sensación helada de carencia; brindo por el suicidio a plazos que cada día supone existir sin ella y por la injusticia de saber que han arrancado una parte de mí sin preámbulos ni anestesia.

El camarero me rellena el vaso. Le tiembla el pulso, no hace preguntas. El reloj marca las doce y él trae otra botella.

Feliz Navidad.

Elena Huertas Puyuelo, 15 años